Isabella

14 feb. 2013





Se miró en el espejo, y enseguida recordó, era cierto, dejarse ese color de pelo, al final fue conmovedor, efectivamente se seguía reconociendo en esa cara, que el blanco inmaculado, y ese corte que tanto le había gustado en otras, ahora le quedaba.

Había pensado que se le iba venir la cara en banda, nariz ganchuda, mentón alargado, todo exacerbado como en aquellos laberintos de  espejos que deforman la imagen y en su caso suelen alargarla.  No se le ocurrió que si la vida le deparaba a uno infinidad de placeres bien recibidos, aquella expresión dulce (a la que su padre por cierto había dedicado una charla completa cuando era una quinceañera llorona...), no se borraba con nada, era su marca de nacimiento. Y esa frescura seguía escondida detrás de la mirada, que al final era lo único que importaba.

Era muy temprano, casi las siete de la mañana, los recuerdos estaban a la orden del día, la inundaban sin piedad, le devolvían imágenes que había creído que no le pertenecían o que se le habían borrado.  Pero ahí estaban : las mentiras que quiso descubrir (porque las había de las que había dejado pasar por pura bondad), los desmanes de sus jefes cuando era joven, las decepciones de amigas que adoraba y el hecho irreversible que terminó por quitarle la inocencia y un ovario de penas malhabidas. 

Tuvo que reconocer que la gente no tenia contemplaciones con el resto, ni manejaba la misma información, ni le hacían gracia los mismos chistes que a ella, y claramente  no le prestaban la atención  que imaginaba, y que la empatía se debe cultivar pero no era cosa accesible a todos. Fue entonces que pasó épocas turbulentas, perdió aplomo, se resintió, su vida entera  parecía un enorme signo de interrogación, le faltaba el piso. Con el tiempo todo se fue aquietando, ordenando, como en aquel juego, el tetris....

Ahora con sus 68 años hacía rato que había logrado armar el puzzle, verlo todo desde arriba y reconocerse en ello con toda tranquilidad, como una pieza más que encajaba por fin a la perfección !. 

Su marido, seguía siendo su amigo del alma, pero ambos habían descubierto que no solo no se querían como antes, sino que sus intereses se habían distanciado hasta que la razón que los había llevado a estar juntos y tener dos hijos, y ahora 6 nietos, de pronto había desaparecido, así que el divorcio había sido un trámite más, casi indoloro en su caso.

 Disfrutaba muchísimo las mañanas. Ya iban a ser las 8 hs. seguía mirándose asombrada, no podía evitar sonreírse, nunca pensó que la paciencia deparara premios grandes y que por   fin le permitiera conseguir lo que quería sin dañar a nadie.

 Era feliz, tanto como lo fue al principio, absurda, vieja, pero tontamente feliz. Sintió un escalofrío, a veces le pasaba, que le dolía esto o aquello pero había sobrevivido, porque al final la vida era un eterno pugilato, uno iba perdiendo la intensidad de los malos sentimientos, si realmente se transformaba en una persona sana, de modo que dejaba de hacerse mal a uno mismo y a los demás...Al final era sencillo, era como irse apaciguando, sobre una tabla de surf en un mar sin olas una tarde de sol.....

Se lavó las manos y se volvió a reír, recordó dos días en los que sus manos tuvieron absoluto protagonismo en su vida. Qué sería del buen Gregorio, abogado devenido en vendedor delivery  de todo tipo de joyas de oro y plata, que como un soldadito todo los meses entregaba haciendo malabarismo o espionaje, en negro chuchería en Sala de rimbombante Cámara Civil, como venta de armas a Kuwait para engañar el peso de los expedientes y la locura de los Jefes en lo cotidiano del trabajo en Tribunales.

 El halago le salio espontáneo y no midió que pudiera generar disgustos entre el resto de las mujeres  -  en aquél entonces estuvo rodeada mucho tiempo por mujeres - Sin sopesarlo un segundo, Gregorio le dijo, todas reunidas en la cocina - que lindas manos tenés, te quedan pintados los anillos podrías hacer publicidad de manos - la de cosas que podía haber hecho y ni se había dado cuenta - y faltaba poco para lo peor, sólo  un par de años,  para que una sucesión de tragedias, le arrugara el corazón hasta producirle un dolor que sólo podía apaciguar, haciendo desaparecer todo aquél sentimiento - que ese corazón contuvo por largo tiempo - como una ola que literalmente la revolcaba profundo y la asfixiaba. Lo hizo gracias a Esteban, que de a poco y casi sin permiso se le coló, para tirarle de una oreja y metérsele en el corazón roto, arreglándoselo de a poco a fuerza de pura paciencia. 

Antes de eso, se sentía impregnada de una algarabía como la que joven, se siente  previa a una fiesta, todo el cuerpo reía, había descubierto un sensación que para ella, no existía, hacía poco y sin pensarlo como correlato para sostenerla cuando pasara lo que ya no podía contenerse más. Porque al final todo pasa, nunca se tiene todo controlado. Pero de esto, entonces poco sabía Isabella.

 Volviendo a las manos, no se iba perder el recuerdo, iba a saborearlo en cámara lenta.Le había comprado a Gregorio un anillo de plata enorme y gordo, como esos que entonces le gustaban tanto, era un día corrido, agitado, malo y también pasó aquello por entrar al baño a lavarse las manos.

 Cuando encendió la luz explotó una bombita y se le vino encima el plafón que el día anterior él (no se mezclen ya saqué a Gregorio de la escena, este él es otro, el de ella) había cambiado pero sin advertir que le hubiese faltado un golpe de tuerca.  Quedó flojo  y como las lámparas no hablan, no hubo reclamo, así que simplemente cayó. El ruido fue tan estruendoso que todos estaban en la puerta del baño apenas ella abrió. No pasó nada se cayó la lampara del baño, quédense tranquilos estoy bien. Caminó dos pasos y la mano de él, le agarraba el brazo con la dulzura de king kong tomando a la joven Jessica Lange, con un cuidado digno de laboratorio. La acercó fuerte a él, sin lastimarla y le mostró la sangre, en el pasillo y que abundante seguía escurriéndose debajo del anillo. Así que tiró de ella y  se la llevó hasta la cocina, abrió el agua fría y ya no recuerda más que al grupo de compañeros observando sin poder creer lo que veían, y lo que no veían.  

Ella se recuerda embriagada por aquel sentimiento que estaba empezando a reconocer, lo dejó hacer, ni siquiera sintió cuando le sacó el anillo, intentó curarla de todas las formas posibles, hasta que la mirada de su Jefe, Máxi - el que una mañana le confesó que había tenido que hacer terapia pero no por sus antecedentes piratas sino porque simplemente no sabía y no podía querer a nadie - se le hizo pesada y la conmovió hasta turbarla . 

En ese momento, cuando Maxi le había hecho aquella confesión, Isabella, aún tomándolo como un halago por la sutileza que empleó para tirarle el anzuelo, supo sin embargo que aquel tipo estaba realmente mal, porque le resultaba  inconcebible que a alguien pudiera pasarle algo tan tremendo como  no lograr sentir nada por nadie, en el fondo le dio lástima.

 Ese pequeño episodio, después de notar su expresión, parado al lado del resto,  de profundo resentimiento e  y hasta un poco de envidia mientras los miraba, se le vino inmediatamente a la cabeza - mientras los compañeros de trabajo seguían toda la secuencia como espectadores curiosos de un accidente de tránsito, y con genuina ignorancia de lo que realmente estaba pasando -, hasta que una caricia de Esteban sobre la piel lastimada la sacó de aquel ensimismamiento.

Se despertó y escuchó la voz de él que le decía que no podía curarla que tenía que ir a una guardia y que la quería acompañar.Ojalá la hubiese acompañado, la siguió hasta donde pudo y después se vio en aquel edificio impoluto de una blancura que dice a gritos Instituto del Diagnóstico -Guardia-.

 Se negó a que la cosieran. Sonríe porque la marca todavía está en el corazón y en el dedo. Todo queda apuntado, registrado de una forma u otra en el cuerpo. Salio del baño, y ya en la cocina notó encendida la luz de la cafetera y el aroma que se desprendía  de ella y abrazaba toda la planta baja, el café estaba listo, las tostadas, el queso y la miel que se le pegaron de su papá, el sol y la mañana.....Y él que se acercaba despacio con el diario que traía en las manos.

 Esteban la miró asombrado y le preguntó si pasaba algo malo, ella sonrió, un poco, porque le parecía increible que en su caso la vida hubiese funcionado como un tetris bien jugado. Se le acercó, quería uno de sus besos, lo abrazó y le dijo "se quemó la lamparita del baño, vos crees que podrás cambiarla ???" y la risa se largo como en tobogán, y remató en un "esta vez no hay plafón, que lástima...".
Cuentos de Hadas suburbanas . Todos los derechos reservados. © /Desarrollo: Maira Gall / Ilustraciones: Lau Rolfo