Isabella y N.N.......

3 sept. 2013





Por un rato, la oficina se mantuvo en silencio. Solo se escuchaba, aunque suene paradójico, el estruendo de la tormenta afuera, y los dedos sobre las teclas de la computadora. Toda la escena, apenas iluminada por la lámpara que Isabella conecta y desconecta según épocas y circunstancias. Hay algo más, un compañero del alma, un señor de 60 años, N.N, así le quedó el apodo después de una anécdota inolvidable que la hizo llorar de risa junto con el resto de Jefes y compañeros. Pero N.N, no la contó con ánimo de divertir, fue porque le había pasado algo serio y  ese tono  hizo de la historia,  un monólogo de comediante stand up, por la naturalidad, lo convincente y lo bizarro.... Isabella a veces se preocupa por él, está muy delgado, es chiquito, los bigotes le ocupan casi toda la cara, es cariñoso, muy religioso, verborrágico y enfermo.

Si, la singularidad de N.N radica precisamente en su enfermedad, de la que Isabella sabe y mucho....Apenas deja de llover, empieza el murmullo monótono de N.N, se para, pone las manos sobre el escritorio, tiene el expediente abierto y habla. Primero en susurros, después cuando empieza a interpelarse y contestarse ya en voz más alta, como si interpretara distintos personajes de un libreto. Su público, Isabella ....Aún en un silencio, que permite trabajar con tranquilidad, sin el ruidoso trajín diario de la oficina, N.N necesita hablar solo, lo que demuestra ese deterioro en la psiquis, que no se esconde de nada, inoportuno o no, sigue la rutina que necesita ese cuerpo para sobrevivir. 

N.N. afirma que es bipolar, Isabella sabe que padece algo más terrible que eso. Lleva encima una locura que se atreve a todo, irrumpe con él en la oficina vistiéndolo en invierno con un sinnúmero de sacos, sombrero, traje, piloto, todo para desviar la atención de ese cuerpo esquelético. Repasa una rutina idéntica todos los días, la enfermedad no le permite esquivarla. Así que llega, desayuna, tiene un aparatito con el que corta por mitades las pastillas de todos los colores que se esparcen en su escritorio como los lunares de Yayoi Kusama, la cuchara para las gotas, las cremas que se pone en el cuello que según él, alivian la ansiedad que lo devora. Un par de horas después viene el cepillado de dientes, porque las encías están cediendo mucho y ahí nomás, vuelve a explicar esa otra enfermedad que lo aqueja con el dolor de huesos. 

Mas tarde, va a abrir el repasador con la comida que trae de su casa, la memoria sigue alerta, repite fechas, hechos históricos, chistes excelentemente contados, lo mismo que acontecimientos diarios - recuerda qué día y año nacieron todos los bebes de la gente de la sala - es un permanente chisporrotear, una locura que le demanda, le exige, que incluso recuerde, hasta el detalle de un comentario que Isabella hace sobre una amiga que vive en el mismo barrio que él. Sin dejar de leer el expediente, o cortar alguna de las pastillas, superpuesto sobre su propia voz, le reclama que no olvide preguntarle bien la dirección de alguien que jamás conocerá pero necesita saberlo en un acto inagotable de abarcarlo todo, lo repite unas doscientas veces en el día como si en eso se le fuera el alma....

Isabella deja de escucharlo, no tiene ganas de seguir leyendo el accidente que tiene delante, el del auto que atropelló al peatón. Afuera sigue oscuro y el jabber dejó de titilar apenas la lluvia se detuvo. Intenta distraerse llamando al delivery aunque no tiene hambre. La atiende la voz de siempre, y como de allá lejos le contesta, que se olvide - hoy no hay delivery, tengo el negocio inundado -, N.N. sigue leyendo, recitando en voz alta, se pregunta, contesta y las hojas pasan. 

Se siente un sin tiempo en la oficina, como si esto se repitiera intransigente y nadie se diera cuenta. Como en aquella historia, que leyó el fin de semana sobre la chica, que sin saber de los poderes de su reciente novio, en pleno viaje a Mar del Plata, tuvo el deseo de transformarlo en algo que nunca dejara de ocurrir, por el puro placer de encontrarse en una situación ideal con un hombre cariñoso, que la llenaba de halagos, apenas conocido y con una habilidad en la percepción de deseos ajenos  cuyo cumplimiento no le requería ningún esfuerzo. Eso se lo contó, durante el viaje como una anécdota familiar que lo seguía. Afirmó que por su madre lo traía en los genes. Claro que ella no le creyó pero al final, el deseo se le hizo tan real, que la escena repetida  mil veces se transformó en una pesadilla de la que era conciente pero no podía salir....

Son las dos de la tarde, se escucha "Hey Jude", los Beatles. Isabella está en "Disadis", el restaurant de un hotel Boutique  en Arenales y Paraná, "Café, Wine Bar and Lounge". Dónde más podría estar ?. Haciendo tiempo, sola como su papá. Lo extraña, por eso esta ahí, por eso y muchas otras cosas viene a hablar con una psicoanalista. Su familia y sus amigos insistieron. Su lento desmoronarse, terminó por convencerla, vino a buscar ayuda. La viene pidiendo a gritos, pero pocos saben escucharla y comprender. Por eso, el último año dejó de hablar, se esconde, vuelve con todas las cicatrices a flor de piel a hundirse entre las sábanas de su cama, en su cuarto. La asombra ver como todos siguen con su vida y ella ya no los puede seguir, ni siquiera quiere hacerlo. Titubea ante el aplomo ajeno, es como si transitara por dos mundos paralelos. Quiere empezar de nuevo, con su propia voz, como si solo hubiese sido ella, sin padre o familia que perder.....
Cuentos de Hadas suburbanas . Todos los derechos reservados. © /Desarrollo: Maira Gall / Ilustraciones: Lau Rolfo